jueves 25 de junio de 2009

¡Qué curiosa es la vida!

Hay que ver lo curiosa que es la vida. Hace unos días buscaba trabajo como una loca y mientras me pasaba todo el tiempo en mi casa sin hacer otra cosa que mirar las musarañas.

Ahora todo ha cambiado. Me han llamado de dos empresas totalmente diferentes para que me incorpore a trabajar lo antes posible. ¿Será porque se acerca el verano y la gente se va de vacaciones y necesitan personal para sustituirlas....? No. Es porque han visto en mí un gran potencial, por supuesto. ¿Qué os creíais?

Lo gracioso es que esto es como cuando uno no tiene pareja y la busca y la busca pero no la encuentra. Cuando sales de fiesta es como si tuvieras un cartel en la frente que dice: "NECESITO COMPAÑÍA, YA". Y cuando por fin la tienes, te salen muchos más pretendientes de los que hubieras imaginado jamás. Justo cuando ya no los necesitas. Para que luego digan que las chicas sólo sabemos decir que no. El problema es que los chicos sólo preguntan a las féminas con relaciones y no al resto.



Sinceramente, espero que la cosa cambie. Que tengamos las cosas cuando realmente las necesitemos. Como el otro día, que iba una amiga mía por la calle y me dijo: "Este fin de semana tengo una boda y necesito un bolso a juego con el vestido". Bueno, pues parece que todos los establecimientos escucharon su reclamo y decidieron que ese día no se vendía ningún bolso de color marrón. Es necesario buscar una prenda de vestir con unas características determinadas para que no la encuentres nunca. O salir de compras con dinero para que te guste todo lo que ves en los escaparates. Sin embargo, sales un día a pasear tranquilamente por la calle sin ninguna intención de comprar nada o sin dinero y te gusta todo. Incluso es posible que encuentres un bolso marrón de fiesta.



Moraleja: Sal y diviértete. Con dinero pero sin pretensiones. Vivirás más años.

martes 7 de octubre de 2008

La soledad

¿Cuánto tiempo somos capaces de pasar solos antes de pedir ayuda? ¿Cuántas veces, por orgullo, nos hemos quedado en casa sin tener nada que hacer? ¿Cuánto tiempo somos capaces de aguantar mirando a las musarañas?

En mi caso, la respuesta a las tres preguntas es MUCHO. Y no me refiero a un fin de semana en el que te quedas tranquilo en casa porque no te apetece salir. No. Me estoy refiriendo a largas tardes de monotonía sin televisor al que acusar de aburrimiento.



Para matar el tiempo podemos salir a pasear. Solos. Podemos ir a tomar algo al bar de abajo. Solos, claro. O incluso podemos pasar por el supermercado de nuestra calle para simplemente mirar los productos que hay en las estanterías. Claro está, esta función también la realizaremos solos. Pero mi favorita entre todas las demás es sentarme en un banco de un parque y observar a la gente que va pasando a mi lado. Los analizo y critico mentalmente y para cuando me quiero dar cuenta he derrochado un montón de preciosos minutos de mi acortada vida.

Aunque la soledad no es tan mala. De hecho muchas veces la vamos buscando porque necesitamos un momento para nosotros mismos. El problema es que ese momento se alague demasiado como en mi caso. O que, en uno de esos momentos, a todos tus amigos se les ocurra al mismo tiempo que ya es hora de que salgas a la calle. Con lo cual, tras un incensante ir y venir de llamadas al móvil y harta de inventar excusas, decides hacerles caso. Pero después de haber pasado mucho tiempo sola, encerrada y sin tele te das cuenta de que no tienes conversación que compartir con el resto de tu manada. Así que se funden en interminables diálogos en los que no puedes meter baza porque realmente no sabes de qué están hablando.

Mi consejo: si os apetece quedaros en casa, hacedlo, pero antes comprad un televisor que en Mediamark están baratillos y así cuando decidáis salir con los vuestros quedaréis bien si os preguntan algún tipo de chorrada.

lunes 29 de septiembre de 2008

Llega el frío

Bueno chicos, ya se nota que va llegando el invierno. Ya hace cada día más fresquito y ya te lo piensas dos veces antes de salir a la calle.

El problema es que con el invierno y el frío llegan los quebraderos de cabeza de todos los años. Si estudias es un fastidio porque comienza el nuevo curso y casi siempre con asignaturas colgando del anterior. Y si trabajas tienes que volver a ver el careto de tu jefe que ha llegado morenito de Cancun, mientras tu trabajabas todo el verano.

Luego, en invierno, se te quitan las ganas de salir. Si quedas por la noche con tus amigos, el hecho de hacer botelleo en la calle es un problema. El cubata acaba pareciéndose más a un granizado de alcohol. Lo bueno es que si al de siempe se le olvida comprar hielo, no hay problema porque la temperatura ambiente algunas veces tampoco está tan mal.



Lo mejor es quedarte en casa, calentito y refugiado. Pero esto no significa que debamos renunciar a nuestros amigos, ni mucho menos. Siempre nos los podremos llevar a casa para trasladar de esta forma el botelleo y que no se nos hielen las partes nobles cada vez que tengamos la necesidad de ir al baño, que con esto de beber es bien sabido que es muy necesario.

A menudo, en invierno, los que tienen pareja salen menos con sus amigos. No os extrañéis ante este comportamiento ya que dos dan más calor que uno. Aunque esos dos podrían unirse a la fiesta y serían más dando calor. O mejor, se compra una estufa y todos contentos.

El caso es que el invierno, si no te gusta el frío, siempre acobarda, pero eso no es motivo para dejar de lado ni tus obligaciones ni mucho menos las cosas que nos hacen disfrutar. Así que espero que este invierno sea genial para todos y que no nos apalanquemos mucho en casa que eso no es bueno.

viernes 22 de agosto de 2008

¡Qué injusta es la vida!

¡Qué injusta es la vida! Eso es lo que pensamos todos los que tenemos que trabajar en verano. Aunque lo peor no se da en el hecho de tener que ir a currar todos los días. El problema llega cuando te llama el típico amigo y, para hacer la gracia, te pregunta: "¿qué tal el veranito?". A t´e te pone cara de imbécil y te dan ganas de ir a la playa a pegarle un tortazo a ese encanto de ser humano.

Además, tenemos que añadir el hecho de que la gente que trabaja durante las vacaciones o es porque son necesarios en la empresa para la que trabajan o es porque han sido contratados como becarios, como es mi caso. Si sucede este último te encuentras entre un tipo de personas que por el hecho de trabajar por un corto período de tiempo (que suele durar los meses de verano) con el blanco perfecto para todo tipo de humillaciones: cobramos poco, si es que cobramos, no tenemos derecho a días de vacaciones aunque nos estemos muriendo, al no conocer a nuestros compañeros de trabajo no nos sentimos a gusto en la empresa y ellos tampoco con nosotros. Debemos tener claro que se nos asignarán los peores trabajos, tendremos el peor horario y si algo sale mal nos echarán la culpa.




Desde aquí propongo que se cree un sindicato para los becarios, para que no tengamos que sufrir todas esas injustcias. Además, sin nosotros, ¿qué harían las empresas en verano? ¿Contratarían a otras personas que hicieran menos trabajo y cobraran más? Pues no, se irían a pique o por lo menos eso espero.

sábado 31 de mayo de 2008

La Dependienta Traicionera

Quiero contaros la historia de una chica que esta semana se graduaba. La pobre, como no había tenido tiempo, entre exámenes y trabajos, de salir a comprarse un vestido para la ocasión, decidió hacerlo tan sólo una semana antes. Pero sus objetivos se cumplieron. No podía creer la suerte que había tenido. En la primera tienda a la que entró, encontró el vestido de sus sueños. Algo sencillo, nada aparatoso, porque no le gustaba llamar la atención.

El caso es que la mujer de la tienda la incita para que se lo pruebe y ella accede entusiasmada por ver cómo le queda. ¿Cuál es su sorpresa cuando se da cuenta de que al vestido le sobran dos kilómetros de tela para estarle bien? La dependienta le dice sonriente: “No te preocupes, te lo voy a coger con unos alfileres y se lo mandamos a la modista. En menos de cinco días lo tienes listo”.

Mira que no se fiaba mucho de aquellas palabras, pues le dejaban un margen de error de sólo dos días antes de su graduación para recoger el vestido, pero se fió de la risueña dependienta y accedió de nuevo a sus pretensiones.

La noche anterior a la recogida del vestido ya sintió un pinchazo en la nuca que la avisaba de que algo malo estaba por llegar. Sabía perfectamente de qué se trataba y sus nervios fueron en aumento todo el día hasta que llegó a la tienda. La señora la estaba esperando con el vestido a la vista para cuando ella llegara. Lo divisó a lo lejos y sintió lo mismo que debe sentir el polo sur de un imán cuando se acerca el polo norte. Pero debía probárselo si quería salir de dudas.



Cuando logró subir por completo y sin el menor esfuerzo la cremallera del vestido, ya se había percatado de que algo no iba bien. Salió del probador y su madre, que parecía haber olido a distancia el temor de su hija, la esperaba fuera con ojos expectantes. “Me está grande”, fue lo único que salió de su boca. Una milésima de segundo después la dependienta y su madre se abalanzaron sobre ella para ver mejor la magnitud de la tragedia. No sólo le estaba grande y había que volver a coserlo, sino que además el cinturón que cubría la cintura hacía unas formas que no eran normales y había que arreglarlo también. La dependienta le dice: “No sé lo que ha podido pasar, pero no te preocupes que lo tendrás listo para mañana por la tarde”.

¿Qué podía hacer? ¿Acaso le quedaba otra opción que encomendarse a la virgen de las costureras y esperar a que a falta de un día todo se resolviera? Todos habríamos hecho lo mismo. Pero os voy a decir una cosa, nunca os fiéis de alguien que se gana la vida trabajando con tijeras y alfileres porque las carga el diablo.

Al día siguiente, el pinchazo de la espalda que la avisaba de que algo malo estaba ocurriendo se había tornado de la magnitud de una patada en el espinazo. Pero tenía que seguir adelante con lo establecido. Ya no había marcha atrás. ¿Qué era lo peor que podía pasarle? Que el vestido no estuviera a punto y tuviera que graduarse en vaqueros, pues vaya problema. Pues no es un problema en realidad, ¡es un problemón, es la madre de todos los problemas!

Por fin llegó la tarde y con ella la hora esperada para visitar a su querida amiga la dependienta. Como siempre ésta la esperaba con una ampliado sonrisa, ajena a la que le podía caer encima en caso de que no estuviera todo a punto. En unos instantes, el vestido estaba en sus manos y lo miró con recelo como pensando: “Tú a mí no me gustas y yo a ti tampoco, pero si me estás bien te perdonaré las costuras”.

Salió del probador y comprobó con horror lo que ya sabía desde el día anterior, que el cinturón seguía sin estar bien. El resto ocurrió muy rápido, tanto que ni siquiera tuvo tiempo de percatarse de la magnitud de lo que estaba aconteciendo ni del poder que un grito podía ejercer sobre aquella odiosa dependienta. No es que ella tuviera la culpa de lo que estaba ocurriendo, el problema era de la costurera, pero ella era la que daba la cara ante el público y su rostro es el que se queda grabado en nuestros cerebros para siempre cuando ocurre una catástrofe de estas en nuestras vidas. Sus facciones y gestos se clavan en nuestras memorias y ya es imposible borrarlos, nos perseguirán sus rostros por el resto de nuestros días.

Le aseguró que tras una hora todo estaría solucionado. Fueron los sesenta minutos más largos de su vida. Pero ella tenía razón, aunque no en todo. El vestido estaba perfecto, pero no en una hora, sino en dos. La segunda la había pasado dentro de la tienda mirando cómo entraban y salían de la tienda las gentes. Pero ya estaba todo hecho. Incluso el vestido.

jueves 8 de mayo de 2008

Necesito vacaciones

Hoy me he dado cuenta de que necesito unas vacaciones urgentemente. O eso, o un loquero a domicilio que me ayude a sobrellevar todo lo que se avecina de cara a los exámenes finales.

Aún no hemos empezado y ya estamos todos agobiados. Las bibliotecas se vuelven a cubrir de cuerpos que parecen sin vida. Por los pasillos circula todo tipo de gente corriendo como posesos en busca de un sitio donde estudiar. Si os topáis con alguno de estos elementos y os chocáis con ellos, los reconoceréis de inmediato porque:
1º. No se disculpan.
2º. Se quedan mirándote con cara de zombies, como si no fuera con ellos.
3º. Te seguirán con la mirada para ver si vas a la misma sala de estudios que ellos, por si le vas a quitar el sitio.



Os recomiendo que tengáis mucho cuidado en los días que están por venir, porque nunca se sabe. Estos individuos están tan llenos de cafeína que pueden ser peligrosos. Dicen que si se les mira directamente a los ojos, te muerden, y que si les intentas hablar, la cabeza empieza a girar sobre el cuello hasta 180º.

Luego están los que, como yo, lo dejamos todo para el último momento y nos agobiamos, claro, pero por lo menos no echamos espuma por la boca cuando nos ponemos delante de un libro. Simplemente nos dormimos y nos encomendamos a todos los santos para que aprobemos sin haber estudiado nada, en lugar de estos pobres personajillos que se han matado a empollar durante todo el año.

lunes 28 de abril de 2008

Haciendo amigos

Recientemente he estado de viaje de estudios en Boca Chica. Uno de esos paraísos para estudiantes de la República Dominicana. Playa, sol, alcohol...alcohol y más alcohol. Lo cierto es que todo fue maravilloso. Ibas todo el día en plan zombie por el complejo hotelero. Sólo hablabas con propiedad para pedir cócteles en el chiringuito o para ir a recepción.

Precisamente ese fue mi problema. Intentar razonar algo con alguien que, aunque en apariencia hablaba mi mismo idioma, parecía que se entendía mejor con los chinos que van allí a pasar las vacaciones.

El caso es que desde el principio tuvimos problemas con las habitación del hotel. En el régimen del "todo incluido" entra todo excepto lo del minibar. Por tanto, nos dejaban consumir en la habitación gratis al día 2 cervezas y agua. Cuando nos enteramos casi celebramos una fiesta al pensar en que, cada vez que volviéramos de fiesta, podríamos tomarnos la última en nuestra habitación. Pero ya el primer día faltaba la cerveza. Como habíamos llegado tarde de España, no quisimos decir nada, pero al día siguiente fuimos a recepción a explicar lo que nos pasaba. "No hay problema. En unos instantes irá un chico a llenar el minibar", nos dijo el recepcionista. Nos sentíamos bien. El servicio del hotel parecía eficaz. Hasta que nos topamos con ELLA.

A los dos o tres días llegamos a la habitación y nos encontramos una preciosa hoja sobre el minibar en la que especificaba que habíamos consumido una de las chocolatinas del mismo. Después de un rato de intentar recordar si era sonámbula y me hubiera podido comer el chocolate en un arranque de necesidad en mitad de la noche, me di cuenta de que no era posible. Así que decidimos ir a ver a nuestros amigo el recepcionista por segunda vez.

Cual fue nuestra sorpresa cuando empieza el hombre a hacernos preguntas de todo tipo sobre una chocolatina que ninguna había probado. Le faltó preguntar si había sido de nuestro agrado. Cuando, por fin, se dio cuenta de que decíamos la verdad, imprimió un papel y nos dijo que debíamos dárselo a una mujer que estaba sentada bajo un letrero que decía "Atención al cliente".



En este punto parecía que el cielo se abría ante nosotras. Por fin íbamos a hablar con alguien que, en apariencia al menos, era competente. Llegamos a la mesa y nos pidió el papel que el buen señor de recepción tuvo el buen gusto de imprimirnos. El caso es que, después de darle muchas vueltas al papelito, ésta también nos sometió al tercer grado. Llegando incluso a insinuar si mi compañera de habitación no se habría podido comer el chocolate sin decírmelo. Pero nos contuvimos y todo fueron negativas. Pero como veíamos que las preguntas no cesaban, la conversación comenzó a subir de tono. No podía creérmelo. Estaba en la otra parte del mundo, en medio del paraíso y esa pobre mujer sólo se preocupaba por si me había comido algo del minibar.

Al final todo se solucionó. No nos cargaron el chocolate pero esto dio pie a que estuviéramos todo el viaje pensando en él, y eso genera demasiados antojos al día.