Quiero contaros la historia de una chica que esta semana se graduaba. La pobre, como no había tenido tiempo, entre exámenes y trabajos, de salir a comprarse un vestido para la ocasión, decidió hacerlo tan sólo una semana antes. Pero sus objetivos se cumplieron. No podía creer la suerte que había tenido. En la primera tienda a la que entró, encontró el vestido de sus sueños. Algo sencillo, nada aparatoso, porque no le gustaba llamar la atención.
El caso es que la mujer de la tienda la incita para que se lo pruebe y ella accede entusiasmada por ver cómo le queda. ¿Cuál es su sorpresa cuando se da cuenta de que al vestido le sobran dos kilómetros de tela para estarle bien? La dependienta le dice sonriente: “No te preocupes, te lo voy a coger con unos alfileres y se lo mandamos a la modista. En menos de cinco días lo tienes listo”.
Mira que no se fiaba mucho de aquellas palabras, pues le dejaban un margen de error de sólo dos días antes de su graduación para recoger el vestido, pero se fió de la risueña dependienta y accedió de nuevo a sus pretensiones.
La noche anterior a la recogida del vestido ya sintió un pinchazo en la nuca que la avisaba de que algo malo estaba por llegar. Sabía perfectamente de qué se trataba y sus nervios fueron en aumento todo el día hasta que llegó a la tienda. La señora la estaba esperando con el vestido a la vista para cuando ella llegara. Lo divisó a lo lejos y sintió lo mismo que debe sentir el polo sur de un imán cuando se acerca el polo norte. Pero debía probárselo si quería salir de dudas.

Cuando logró subir por completo y sin el menor esfuerzo la cremallera del vestido, ya se había percatado de que algo no iba bien. Salió del probador y su madre, que parecía haber olido a distancia el temor de su hija, la esperaba fuera con ojos expectantes. “Me está grande”, fue lo único que salió de su boca. Una milésima de segundo después la dependienta y su madre se abalanzaron sobre ella para ver mejor la magnitud de la tragedia. No sólo le estaba grande y había que volver a coserlo, sino que además el cinturón que cubría la cintura hacía unas formas que no eran normales y había que arreglarlo también. La dependienta le dice: “No sé lo que ha podido pasar, pero no te preocupes que lo tendrás listo para mañana por la tarde”.
¿Qué podía hacer? ¿Acaso le quedaba otra opción que encomendarse a la virgen de las costureras y esperar a que a falta de un día todo se resolviera? Todos habríamos hecho lo mismo. Pero os voy a decir una cosa, nunca os fiéis de alguien que se gana la vida trabajando con tijeras y alfileres porque las carga el diablo.
Al día siguiente, el pinchazo de la espalda que la avisaba de que algo malo estaba ocurriendo se había tornado de la magnitud de una patada en el espinazo. Pero tenía que seguir adelante con lo establecido. Ya no había marcha atrás. ¿Qué era lo peor que podía pasarle? Que el vestido no estuviera a punto y tuviera que graduarse en vaqueros, pues vaya problema. Pues no es un problema en realidad, ¡es un problemón, es la madre de todos los problemas!
Por fin llegó la tarde y con ella la hora esperada para visitar a su querida amiga la dependienta. Como siempre ésta la esperaba con una ampliado sonrisa, ajena a la que le podía caer encima en caso de que no estuviera todo a punto. En unos instantes, el vestido estaba en sus manos y lo miró con recelo como pensando: “Tú a mí no me gustas y yo a ti tampoco, pero si me estás bien te perdonaré las costuras”.
Salió del probador y comprobó con horror lo que ya sabía desde el día anterior, que el cinturón seguía sin estar bien. El resto ocurrió muy rápido, tanto que ni siquiera tuvo tiempo de percatarse de la magnitud de lo que estaba aconteciendo ni del poder que un grito podía ejercer sobre aquella odiosa dependienta. No es que ella tuviera la culpa de lo que estaba ocurriendo, el problema era de la costurera, pero ella era la que daba la cara ante el público y su rostro es el que se queda grabado en nuestros cerebros para siempre cuando ocurre una catástrofe de estas en nuestras vidas. Sus facciones y gestos se clavan en nuestras memorias y ya es imposible borrarlos, nos perseguirán sus rostros por el resto de nuestros días.
Le aseguró que tras una hora todo estaría solucionado. Fueron los sesenta minutos más largos de su vida. Pero ella tenía razón, aunque no en todo. El vestido estaba perfecto, pero no en una hora, sino en dos. La segunda la había pasado dentro de la tienda mirando cómo entraban y salían de la tienda las gentes. Pero ya estaba todo hecho. Incluso el vestido.