Una familia comuesta por cuatro personas, entre padres e hijos, entra en la zona de urgencias de un hospital de su ciudad debido a que uno de ellos tiene muchos dolores en el riñón.
Lo apartan de la familia después de hacerle un montón de preguntas sobre su historial médico para saber qué medicamentos está tomando. Y le añaden al rebaño de los "dejados", que es como voy a llamar a aquellos pobres seres humanos que han sido aislados pero que están todos juntos en una sola habitación de urgencias para hacerles todo tipo de pruebas. Esto ocurre a las ocho de la mañana.
El resto de la familia es conducido a la sala de espera donde se les comenta que a través de la megafonía se les irá informando de lo que vaya ocurriendo en la sala de los "dejados". Esta sala de espera no es otra cosa que cuatro paredes mal separadas por unos quince metros cuadrados en los que apenas si se puede respirar porque tu oxígeno se lo quiere llevar el de al lado.
Un par de consejos para los que os veaís envueltos en este tipo de situaciones: llevaos un libro para las largas esperas y no levantéis la cabeza de sus páginas pues nunca se sabe lo que te vas a encontrar enfrente. Personas con la mirada perdida en el infinito de sus pensamientos, rostros ojerosos, guiris charlando a voz en grito y vestidos de playeros como si el que etuviese entre los "dejados" no fuese de su tribu, ancianas que lo único que quieren es contarle la misma historia de por qué su marido está en observación al mayor número de gente posible como si estuviese en un concurso, etc.
Hasta aquí todo (medio) normal. El problema es que una señorita que pone voz de ser la leche de amable por megafonía anuncia la hora de las visitas (eso sí, los familiares sólo pueden ver a sus "dejados" favoritos de uno en uno) y todos los de la sala de espera comienzan una dura carrera para ver cuál es el familiar que llega antes a la otra habtación y por tanto el que más quiere a su "dejado".
Aquí empieza todo. Cuando uno de los familiares está hablando con su "dejado", se marea entre tanto enfermo y piensa: "¿Si yo entré sano tengo más o menos posibilidades que éstos de irme a mi casa enfermo?". El caso es que tras recuperarse, le da un fuerte dolor de cabeza y decide que, ya que está en urgencias en un hospital, qué mejor que ese sitio para pedir una aspirina. Pero no es oro todo lo que reluce y probablemente la misma afable locutora de antes se cruza en su camino y le explica con muy poca retórica que ellos no pueden medicar a nadie.
Vale, se entiende. El hecho es que si no entras con camilla o echando parte de la masa encefálica no te consideran un "dejado" y no te pueden dar medicamentos.
Para concluir esto, diré que la familia estuvo en urgencias más de 24 horas. Le dieron el alta pasadas las doce del día siguiente. Que si le llega a pasar a Jack Bauer en la famosa serie se pega un tiro en la cabeza del aburrimiento y a lo mejor ni con esas le habrían dado la aspirina. Que los familiares que esperaban noticias acabaron de leer sus libros. Que al "dejado" le dieron el alta pero aún en su casa no sabe con certeza lo que le ocurría y por qué le tuvieron que repetir las mismas pruebas tres veces.
Pero todos hemos aprendido algo: Ninguno queremos volver a pasar por esa situación y si, por desgracia, lo tenemos que hacer será de otra manera. Nos llevaremos nuestros medicamentos de casa, nuestra tienda de campaña, nuestras sillas y mesas, nuestros colchones... En fin, nos quedaremos en casa y así a lo mejor se pasa todo pero con un poco más de dignidad.

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